Javier se acercó a mí y me preguntó con preocupación:
—¿Estás bien?
No sé por qué, pero en ese momento todo me pareció una burla cruel.
Javier lanzó una mirada hacia Mateo, y luego volvió a preguntar:
—¿Por qué no estabas descansando en casa? ¿Qué haces aquí?
—Tenía un asunto que resolver —respondí con seriedad.
Javier me sostuvo la mirada por un largo instante, pero no insistió más.
—Vamos, volvamos a casa.
Ese “volvamos a casa” pareció encender de golpe a Mateo.
Clavó en mí sus ojos, llenos de