Mateo los miraba en silencio.
Su corazón de piedra se fue ablandando poco a poco.
Por dentro sentía una avalancha...
De emoción, de alegría, de nervios, e incluso, un poco de tristeza, difícil de explicar.
Todas esas emociones se revolvían en su pecho, pero no lograba decir ni una palabra.
Luki lo miró, intrigado:
—Dime, ¿eres o no eres nuestro papá?
Mateo abrió la boca, pero siguió sin decir nada.
La verdad, ni sabía cómo hablarle a esos dos niños.
Quería acercarse a ellos, abrazarlos, pero al