Mientras lo escuchaba, sentí que el corazón se me partía.
En ese momento, frente a él, yo parecía una miserable ladrona.
Me quedé callada.
Carlos me miró con una expresión de odio.
Los tres seguimos en silencio.
Mateo se recostó en la silla, mirando fijo la puerta del quirófano.
Su cara pasaba de tristeza a rabia y luego a una melancolía profunda.
Seguro pensaba que, si no le hubiera quitado ese riñón, la que estaría recibiendo el trasplante sería su madre, y todavía habría esperanza de que vivi