Por la noche, Mateo pasó por mí para ir a cenar.
Primero entró a la habitación del hospital para saludar a mi mamá y luego me llevó al restaurante que había reservado.
Ese año, Ruitalia estaba pasando por un invierno muy fuerte.
La brisa fría, me quemaba las mejillas.
Mateo me acomodó la bufanda y después me tomó de la mano para subir al carro.
Estos días, con todo lo de mi mamá, casi no había tenido la oportunidad de ir a ver a su madre.
Mientras me abrochaba el cinturón, le pregunté:
—¿Como ha