—Acuérdate de enviarme un mensaje todos los días y, cuando tengas un rato libre, llámame. No importa qué tan ocupado esté, si eres tú, siempre voy a contestar—dijo Mateo con un tono tierno.
—Está bien.
La tristeza en su voz hizo que se me aguaran los ojos.
En ese momento sentí su amor. Era tan intenso que no quería soltarme nunca.
Pero, en medio de ese cariño, había una preocupación escondida.
Eso hizo que a mí también me naciera una mezcla de amargura y nervios.
Le pregunté:
—¿Qué es lo que te