Cuando llegamos, la madrastra de Mateo no insistió más. Apenas nos vio, vino a decirnos a Javier y a mí:
—Ya vieron, ¿no? Se arrodilló de verdad. Por favor, convenzan a Mateo de retirar la denuncia.
—Ah, ¿sí?
La mirada penetrante de Javier se fijó en Miguel.
Soltó una bocanada de humo y se rio con desprecio:
—Qué curioso, a mí me pareció que lo hizo a regañadientes. ¿Qué pasa, te cuesta tanto pedirle perdón a mi padre?
Miguel lo miró con odio:
—Ya me arrodillé, ya hice lo que me pediste, ¿qué má