Estaba frente a una puerta torcida de madera, que apenas traté de abrir, cayó al suelo. De la nada, quedé dentro de una nube de polvo que no me dejó ver nada por un momento.
Javier se puso delante de mí y apartó las hierbas del patio con los pies.
Me tomó de la mano y entramos juntos. El paisaje me trajo muchos recuerdos.
El contraste de la belleza que recordaba con la ruina ante mis ojos me hizo sentir una tristeza profunda.
Mi abuela ya no estaba. Esa calidez y ternura no volverían jamás.
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