—¡No es cierto!
Le grité llorando, con la vista tan borrosa que casi ni veía nada.
A través de las lágrimas, Mateo parecía cada vez más pálido y lejano, como si se estuviera desvaneciendo frente a mí.
Sacudí la cabeza, desesperada, y el miedo me apretó el pecho hasta dejarme sin aliento.
—¡Mateo, no quiero ser libre! ¡No quiero eso! Te lo ruego, no digas eso… Mateo…
Pero él ya no me miraba. Tenía la mirada fija en Michael, decidida y llena de dolor.
—¿No quieres es matarme? Pues mátame. Pero déj