—Ja... De verdad eres una cualquiera. Ya te pusiste a temblar, ¿no?
Cada paso que daba hacia mí me congelaba por dentro.
—¡Aléjate! ¡No me toques, lárgate! —le grité, con la garganta hecha trizas.
—¿No que querías que me apurara? Aquí estoy. Además, quiero que mi hermano vea bien cómo te hago disfrutar —dijo, poniéndose detrás de mí. Me jaló del cabello hacia atrás y, con la otra mano, arrancó el cuello de mi blusa de un tirón.
El frío que sentía en los hombros no era nada comparado con el que s