Sentí cómo mi corazón se rompía en mil pedazos. No pude evitar gritar, temblando de pies a cabeza.
La espalda de Mateo se dobló un poco, y enseguida la sangre empezó a chorrear por su camisa, cayendo hasta el suelo.
El rojo era tan intenso que me dolía solo de verlo.
Grité como loca, con un nudo en la garganta por la desesperación, mirando a Michael:
—¡Maldito loco! ¿Qué diablos haces? ¡Maldito, ojalá te pudras en el infierno! ¡Aaaaah!
Cuando volví a mirar a Mateo, el dolor me apretó tanto el pe