A primera vista, en la salida no había rastro de Mateo, solo unos cuantos trabajadores vigilaban la zona.
Miré a todos lados, pero seguía sin encontrarlo.
Mateo, que siempre exigía puntualidad, ahora era el que no aparecía.
Mientras refunfuñaba en silencio, de repente se escuchó un claxon fuerte.
Me giré al instante y vi su auto estacionado a unos metros.
Mateo estaba en el asiento trasero, con un brazo en la ventanilla y un cigarro entre los dedos.
El humo formaba espirales desde su mano y se d