Efectivamente, vi cómo en los ojos de Mateo desaparecía un poco esa hostilidad de siempre.
Sin pensarlo mucho, me incliné hacia él y volví a buscar sus labios para besarlo.
Esta vez no se apartó, aunque tampoco me besó. Solo dejó que, con mis torpes intentos, yo intentara abrir sus labios.
Mateo bajó la mirada y me observó de cerca.
Esa forma de mirarme, tan tranquila y tan fija, pero a la vez tan directa, me puso nerviosa y sentí el calor subirme hasta las mejillas.
Bajé la vista, evitando sus