No me moví.
Él besaba mi oreja y su aliento ardía en mi oído, haciéndome sentir toda sensible como si fuera algodón.
Si no fuera porque su brazo estaba en mi cintura, seguro ya me habría ido al suelo.
—Abre la puerta —susurró otra vez, pegado a mi oído, con la voz ronca, profunda, y ese tono que era puro peligro.
Instintivamente, busqué las llaves en el bolsillo.
Las saqué, pero estaba tan temblorosa, tan débil por todo lo que él me hacía sentir, que no podía meter la llave en la cerradura. Lo i