Me froté las manos, sentí de una ese frío molesto.
Por suerte, el dueño llegó rápido con mi sopa de fideos.
Agarré los palillos y tomé un poco, lista para comer, pero entre el vapor me pareció ver a Mateo otra vez.
Soplé el caldo para ver bien y hasta me tallé los ojos, mirando bien fijo.
Pero en ese callejón al lado no había nadie.
Obvio, lo más seguro es que Mateo estuviera con los del departamento de secretaría comiendo spaghetti, o capaz hablando asuntos de negocios.
¿En serio iba a aparecer