Apreté los labios. Ya me lo veía venir.
Me giré despacio y, sí, ahí estaba Mateo parado justo detrás de mí.
Seguro recién llegaba. Camila venía apurada tras él.
Mateo me miraba con dureza, y en sus ojos se notaba que se burlaba por dentro.
Abrió la boca, pero le habló a Alan:
—Deberías haber comprado solo tres pasajes. Hay gente que, capaz, ni ganas tiene de volver.
Alan se quedó callado, quiso decir algo, pero no le salió nada.
En ese momento, Camila llegó hasta mí con una sonrisa deslumbrante.