—Ah, mira, parece que sí te importa algo —dijo Alan con sarcasmo—. Y yo jurando que ni corazón tenías.
Cada palabra era como una espina clavándose en mi corazón.
Le contesté seca:
—Si tienes algo que decir, dilo claro. No me vengas con ese tonito.
Alan se burló en voz baja:
—No me atrevería. Ahora tienes a Waylon, ¿quién soy yo para meterme contigo?
El sarcasmo era evidente. No tenía ganas de seguir escuchándolo, así que le cerré la puerta en la cara.
Desde el pasillo, su voz sonó furiosa:
—¡Ten