No pensé que Camila me fuera a llamar de pronto:
—¡Aurora!
Hasta su voz sonaba como si quisiera regañarme.
Me salió una risa incrédula y me volteé para verla.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a decirme algo?
Camila, llorando, le untaba la pomada a Mateo, con la cara llena de angustia.
Sin mirarme, me echó en cara:
—Mira cómo está Mateo todo lastimado y tú… ¿cómo fuiste capaz de dejarlo así? ¿Cómo pudiste dormir tan tranquila?
Seca, le respondí, con una sonrisa:
—Para eso estás tú, ¿no? Tú eres la que lo cuid