Mateo salió envuelto en vapor, molesto y con la cara todavía tensa.
Solo llevaba una toalla en la cintura, dejando todo el torso al aire.
Y pude ver todas las heridas en su cuerpo.
No eran profundas, pero sí eran un montón. Grandes, pequeñas, de todos los tamaños.
Las tenía en el pecho, la cintura, los brazos.
Algunas seguían sangrando.
Pero Mateo, como si nada, se fue directo a la cama.
Y pensar que quería ir a cortarle la mano a Waylon... ¡ya fue un milagro que Waylon no le arrancara el brazo!