Alan giró la cabeza hacia mí, sonriendo:
—Mateo me lo dijo. Cuando ustedes estaban casados, él venía todo el tiempo a desahogarse conmigo con unos tragos, como si fuera una esposa dolida. Decía que a ti te encantaba salir a bares, que eras fiestera, que tu corazón latía por todos menos por ti.
No dije nada.
—Seguro que también te dijo que todas las noches le daba una paliza o algo así, ¿o no?
—Jeje, claro que no, no creas—respondió, restándole importancia.
De la nada, Alan hizo una pregunta muy