—¡Shh!
Lo miré, molesta, y lo mandé a callar.
Alan se tapó la boca enseguida:
—Vale, vale, ya no digo nada, en serio.
Pasaron unos segundos y empujó la caja de comida hacia mí:
—Anda, come. Esto me lo encargó Mateo. Me pidió que te lo trajera.
Me quedé callada, pensando en cómo se había ido anoche, lleno de rabia.
Apreté los labios y pregunté bajito:
—¿Y él… dónde está?
—Salió a ver a un cliente —dijo Alan, recostándose en el sofá mientras sacaba su cajetilla de cigarros.
De una vez, le dije:
—A