Mateo era impredecible. Su humor cambiaba sin aviso y actuaba de formas que nadie entendía. Si se enojaba, lo más probable era que Lucy terminara sin trabajo.
La verdad, que la despidieran no era mi problema.
Pero, yo también pronto sería madre de dos niños. No es que me importara Lucy, pero sus hijos sí me daban pena.
Al final, no era para tanto. Solo era entregar un papel, no caminar sobre fuego.
Me detuve frente a la puerta de su oficina y toqué con cuidado.
—Pasa, por favor.
Su voz sonó seca