Mateo me habló con esa voz que usa cuando quiere convencerme de algo:
—Como te gusta tanto la plata, pórtate bien y escucha. Te subo a 10 mil dólares al mes. Y cada vez que lo hagamos, te daré un extra. Si quedas embarazada, te daré lo que pidas.
—¿Hasta toda tu fortuna? —le contesté, queriendo provocarlo—. ¿Tus empresas, tus carros lujosos y tus casotas?
En lugar de enojarse, se rio:
—Anda, qué ambiciosa.
—Es que la codicia es normal, ¿no te parece? —dije, sonriendo.
—Pues sí —asintió, como si