¡Bum, bum, bum!
Los golpes en la puerta me hicieron dar un brinco.
—¡Ay! —empujé con todas mis fuerzas al hombre que tenía frente a mí.
¡Qué vergüenza!
¿En serio este tipo estaba a punto de hacer eso y ni siquiera cerró la puerta?
¡Y yo que había pedido comida!
El repartidor estaba ahí parado, viéndome, incómodo:
—Pe-perdón señorita... su... su pedido.
Me ardía la cara de pura vergüenza. No podía ni verlo a los ojos.
Y Mateo...
Él, tan tranquilo, solo se arreglaba la camisa mientras seguía senta