Me agarré de mi ropa, todavía dudando si aceptar.
Entonces se acercó a mi oído y dijo, con una risa que no entendí:
—Si no quieres salir, está bien. Podemos terminar lo que dejamos a medias.
Sabía exactamente a qué se refería.
Me enojé mucho:
—¡Maldito desgraciado!
Mateo se rio un poco y dio media vuelta para salir.
Suspiré, molesta, agarré mi celular y mi bolso, y salí tras él.
Su carro estaba estacionado abajo.
Cuando subimos, tomó un camino diferente, evitando el mercado bullicioso del otro d