De pronto, alguien golpeó la puerta.
Me desperté de un salto, confundida al ver un cuarto extraño.
Me tomó unos segundos recordar: era el departamento que acababa de rentar.
Revisé mi celular. Solo habían pasado veinte minutos desde que me dormí.
¡Bum, bum, bum!
Golpes, otra vez.
Entonces caí en cuenta: había pedido comida. Corrí a abrir.
Pero no era el repartidor. Era Mateo, plantado frente a mí con esa actitud que siempre lo hacía verse más grande de lo que era.
Lo miré sin poder creerlo.
¿Cóm