Mateo volteó y me miró.
Estaba sonriendo, pero su mirada era indiferente, como burlándose de mí, y eso me hizo sentir todavía más apenada.
Agaché la cabeza y dije:
—Perdón, Mateo, me equivoqué. Me voy.
Justo cuando iba a jalar mi maleta para irme, Camila se acercó y me agarró del brazo, toda emocionada:
—Mateo y yo vamos a cenar, ¿por qué no vienes?
—No, muchas gracias —le contesté molesta, soltándome y queriendo salir de ahí.
Camila, haciéndose la buena onda, siguió insistiendo:
—Entonces deja