—¡Ven aquí!
Ni siquiera levantó la cabeza cuando me lo dijo.
Iba arrastrando mi maleta para acercarme cuando, de pronto, volvió a hablar:
—Deja la maleta ahí. Nadie te la va a robar.
Su tono sonaba lleno de desprecio.
Me quedé quieta un momento, luego dejé la maleta junto a la puerta y me acerqué a él.
Cuando llegué frente a su escritorio, vi cómo firmaba los documentos con mucha facilidad.
Y, además de guapo, tenía una letra preciosa.
Me quedé parada un rato y él no decía nada.
Me desesperé y,