Levanté mi maleta con torpeza y lo miré.
Y aun así, cuando Mateo pasó a mi lado, ni siquiera me miró. Como si no fuera él mismo el que ayer me había obligado desesperadamente a venir a su empresa.
Pero yo sabía que no me dejaría en paz.
Solo yo sabía lo demente que podía ser ese hombre detrás de esa fachada indiferente.
Al final, Mateo entró al ascensor, rodeado de su asistente y varios guardaespaldas.
Cuando las puertas se cerraron, el lugar volvió a llenarse de bulla.
Las burlas y los murmullo