Al escuchar a “Darío”, el señor Felipe solo le lanzó una mirada indiferente. Luego exhaló lentamente un anillo de humo. Entre la neblina del cigarrillo, sus ojos profundos y calculadores se entrecerraron mientras su mirada recorría cada rincón del dormitorio principal.
Ahí estaba… Ese viejo zorro seguía sin rendirse. Todavía sospechaba que el asesino estaba escondido aquí.
En el fondo, parecía que aún no confiaba del todo ni en mí ni en “Darío”.
Maldito viejo. Ya me había puesto a prueba tantas