Sentí que el corazón se me hundía de golpe; un mal presentimiento me invadió. Tal como temía, esos dos guardaespaldas se frotaron las manos y me miraron, sonriendo de forma torcida.
Uno de ellos me miró fijamente, se rio un poco y dijo:
—Darío todavía no volvió. Ahora esta mujer no es de nadie… ¿y si "probamos" primero? Total, si ya se atrevió a andar con otro, no le importará pasar el rato con unos cuantos más.
El otro, con esa cara repugnante, lo apoyó:
—Eso, eso. Cuando Darío regrese igual la