El corazón me dio un vuelco de alegría, porque era Mateo; y, gracias a Dios… el señor Felipe no le había hecho nada.
Salí casi corriendo y, apenas llegué a la puerta, choqué de lleno con el que entraba. Era el entrenador Darío, que me sujetó firme por la cintura y me gritó con voz hostil:
—¡Maldita mujer! ¿Por qué corres tanto? ¿Culpa en la conciencia, eh? ¡Mira que verte con tu viejo amor y encima te atrapo en el acto! ¡Cuando volvamos te voy a matar!
Mientras me gritaba, miró con ferocidad a J