El salón estaba abarrotado. Las lámparas de cristal proyectaban su luz sobre las siluetas en movimiento, y el perfume, las telas finas y el champán creaban en el aire una especie de bruma brillante. Desde la pista de baile llegaban aplausos intermitentes. Por un momento, me volteé y, entre las figuras que daban vueltas, distinguí a Renata bailando con Ricardo.
Como anfitriona de la noche, cada paso suyo acaparaba todas las miradas; la multitud se arremolinaba a su alrededor, así que casi nadie r