La señorita Alma estaba acostada muy a gusto en el diván, con una sonrisa tranquila y despreocupada. Cuando vio a Waylon, se rio un poco y le dijo:
—Vaya, qué aplicado eres, piensas todo por mí.
—Eso dicen... —Waylon se sacudió la ceniza del cigarrillo y le sonrió a la señorita Alma—. Al fin y al cabo, señorita, usted me trata muy bien; es lógico que yo también tenga que ayudarla con algunos asuntos, ¿no cree?
La señorita Alma se rio entre dientes con una intención que no terminaba de quedar cla