La actitud de Waylon hizo que la señorita Alma se pusiera más seria todavía. En ese momento, no pude evitar admirarlo; de verdad no le tenía miedo a nadie e incluso se atrevía a ser así de insolente frente a sus propias jefas. Aunque, tal vez, justamente por ese carácter tan arrogante y despreocupado, la señorita Alma lo veía con otros ojos; de otro modo, con el genio que tenía ella, seguro ya lo habría mandado al foso de las serpientes.
—¿Acaso te crees el guasón? —le dijo ella, con una expresión de desagrado—. Parece que en esta guardaste ochocientos años de risas sin saber cómo sacarlas. En serio no entiendo qué es lo que te causa tanta gracia.
¡Ja!
Tuve que taparme la boca para no reírme. Por fin alguien se atrevía a cantarle las verdades al risueño de Waylon; y es que sí, él no era normal. Cada vez que hablaba conmigo por teléfono, siempre se reía un par de veces antes de decir una sola palabra, como si estuviera poseído.
Waylon me lanzó una mirada de reojo y le dijo a la señorita