Por suerte, Pedro detuvo de una vez a los dos guardaespaldas.
—¿No habíamos quedado en que, si ella aceptaba venir conmigo por su cuenta, la dejarías ir? —le dijo con voz serena a Alma.
Alma estaba furiosa. Me lanzó una mirada llena de irritación que me hizo sentir un escalofrío por toda la espalda. En realidad, cuando estaba de buen humor, ella era muy atenta: amable, generosa y hasta divertida. Pero cuando se enojaba, podía ser muy cruel. Yo no quería molestarla, pero extrañaba demasiado a Ma