Él incluso estuvo dispuesto a hacer un sacrificio muy grande para poder sacarme de ahí. Parece que, después de todo, le importaba mucho trabajar con Mateo. Sin embargo, la señorita Alma no se dejó convencer. Se mostró arrogante y sonreía, sobrada.
—Ya te dije que yo solo quiero a la mujer que dices amar tanto. Aunque me dieras todo tu mando, yo seguiría queriendo a esa esposa tuya —respondió ella.
Parecía muy convencida de que Pedro no iba a ofrecer a su propia mujer a cambio. Por eso se veía tan desafiante.
Pedro la miró fijamente por unos segundos y después se rio un poco con desprecio.
—Si no me la vas a entregar, entonces no tengo nada más que hacer acá. Perdona la molestia —dijo él, antes de voltear, listo para irse.
Me quedé mirándolo, paralizada por la desesperación, y me tiré al suelo sin fuerzas. Todo se había terminado...
***
Afuera del castillo, Mateo vio a Pedro salir solo y sintió un dolor en el pecho. ¿Acaso ni siquiera Pedro podía sacar a Aurora de las manos de la seño