La irritada señorita Alma suspiró y blanqueó los ojos; era obvio que no le importaba mucho el asunto. Cuando vi que no se enojaba, me animé a acercarme un poco a Pedro. Tenía más curiosidad que miedo. ¿Qué clase de secreto me quería decir?
Se veía muy confiado con esa sonrisa segura. Me hacía pensar que en serio creía que con un par de palabras me iba a convencer de seguirlo. Aunque, si era honesta, solo una cosa me podía hacer cambiar de opinión: noticias de Mateo. Parecía que me estaba leyendo el pensamiento. Pedro se agachó hasta quedar a mi altura y me susurró en una voz tan baja que casi ni se escuchó:
—Mateo me pidió que viniera a rescatarte.
Todo el cuerpo se me estremeció. Lo miré con los ojos muy abiertos; no pude disimular lo sorprendida que estaba. Él se echó un poco hacia atrás y me sonrió con calma.
—Entonces, Aurora, ¿ahora sí estás dispuesta a venir conmigo?
¡Un momento!
Tenía que procesar eso. ¿No se suponía que el tipo quería usarme de carnada para hacerle daño a Mateo