Cuando escuchó eso, Pedro miró a otro lado, hacia donde estaba yo. Su cara seguía tranquila, pero en el fondo de sus ojos se notaba algo pesado. Me observó por unos segundos y luego le sonrió, tranquilo, a la señorita Alma.
—Yo adoro a mi esposa —dijo suavemente—, pero eso no quita que pueda pedirte a esta mujer. No es que me obsesionara con ella, en realidad... tengo otros motivos para necesitarla. Así que, Alma, ¿vas a darme este aprecio y me la vas a entregar?
—No —respondió ella despacio, mi