Cuando escuchó eso, Pedro miró a otro lado, hacia donde estaba yo. Su cara seguía tranquila, pero en el fondo de sus ojos se notaba algo pesado. Me observó por unos segundos y luego le sonrió, tranquilo, a la señorita Alma.
—Yo adoro a mi esposa —dijo suavemente—, pero eso no quita que pueda pedirte a esta mujer. No es que me obsesionara con ella, en realidad... tengo otros motivos para necesitarla. Así que, Alma, ¿vas a darme este aprecio y me la vas a entregar?
—No —respondió ella despacio, mientras sus labios rojos formaban una sonrisa arrogante.
Pedro no se molestó y seguía sonriendo de forma elegante.
—Claro, no espero que me la des de gratis. Dime qué quieres y te voy a ofrecer algo a cambio.
—¿Ah, y cómo es eso? —dijo ella mientras se sentaba un poco más derecha, interesada de repente.
A mí me dio un dolor en el pecho. ¿Y si de verdad aceptaba entregarme?
Estaba claro que Pedro solo quería usarme para atraer a Mateo y matarlo. No podía dejar que eso pasara, no debía caer en sus