Justo cuando pensaba en eso, la señorita Alma volvió a detenerlo.
El corazón me dio un brinco; miré enseguida hacia ella. Parecía que, después de todo, Henry no le caía tan mal.
Pero no.
—Lo que pasó con esta mujer aquí, no tienes permitido contárselo a nadie. Si lo haces... te largas —le advirtió con un tono distante, sin siquiera voltear a verlo.
Henry se puso tenso por un instante. Me miró con desconcierto, pero no se atrevió a preguntarle nada a ella.
—Sí, señorita —obediente, eso fue todo l