Dije que no y, aprovechando el momento, corrí rápido para meterme debajo de la cama. Hablar con él no servía de nada; lo mejor era escapar. Pero Jeison me agarró con fuerza en ese mismo instante y me jaló hacia atrás. Justo entonces, se escuchó un estruendo: alguien abrió la puerta de una patada violenta.
De inmediato, todo en el cuarto pareció congelarse. Jeison y yo nos quedamos mudos, mirando hacia la entrada, donde de repente apareció la señorita Alma.
—Vaya, parece que llegué en un mal mome