Me asusté y forcejeé mientras gritaba:
—¿Qué hacen? ¿Qué van a hacer?
Uno de los sirvientes respondió en un tono inexpresivo:
—La señorita Alma quiere verte.
El corazón se me aceleró del susto.
Tal como lo había imaginado, era ella la que había llegado. Por todo ese espectáculo, estaba claro que quería darme un escarmiento desde el principio.
Las manos de los sirvientes me apretaron las muñecas con tanta fuerza que me dolía hasta en los huesos, como si fueran a rompérmelos.
No me atreví a forcej