—Deja de decir tonterías, ¿quieres? Ya que he venido, no me voy a ir así como así —le respondí con firmeza.
La señorita Alma se rio un poco:
—De verdad eres una idiota.
—Sí, sí… para ti, todos los que te tratan bien son idiotas; en cambio, a los que tienen malas intenciones los consideras un tesoro.
Ya estaba nerviosa y agobiada; había venido a salvarla arriesgando la vida, y encima decía esas cosas. De verdad…
La señorita Alma, como si mis palabras le hubieran hecho gracia, suspiró:
—No espera