El sirviente fue muy educado.
—Por favor, ¿podrías llamar al señor Alboni un momento? —le dije.
—De acuerdo, espere un momento.
Apenas terminó de decir eso, Jeison salió del otro lado de la casa rodante.
—¿Qué pasa, me buscabas?
Cuando escuché su tono, no pude evitar molestarme.
—Ya anocheció. ¿El señor Alboni olvidó lo que me prometió? —le pregunté.
—Perdón... la verdad es que sí, se me olvidó —respondió Jeison con desgano, riéndose un poco.
—Tú...
—Pero... —Jeison me miró de reojo—, sí tengo n