Capítulo 1853
No le respondí a esa frase; solo le pregunté:

—Entonces… ¿lo mataste con tus propias manos?

—Ja, ja, ja —la señorita Alma se rio un poco—. No le di una muerte tan fácil. Me limité a observarlo, a verlo sufrir hasta no poder más. Pero era en serio obstinado: aun en ese estado, no quiso darme ni una sola explicación; lo único que pedía era que lo matara. Al final, ordené que lo torturaran del modo más cruel. Solo después de que murió fui a verlo. ¿Adivinas en qué estado quedó?

Negué con la cabeza.
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