No le respondí a esa frase; solo le pregunté:
—Entonces… ¿lo mataste con tus propias manos?
—Ja, ja, ja —la señorita Alma se rio un poco—. No le di una muerte tan fácil. Me limité a observarlo, a verlo sufrir hasta no poder más. Pero era en serio obstinado: aun en ese estado, no quiso darme ni una sola explicación; lo único que pedía era que lo matara. Al final, ordené que lo torturaran del modo más cruel. Solo después de que murió fui a verlo. ¿Adivinas en qué estado quedó?
Negué con la cabeza.