En ese instante, sentí una emoción inmensa en el pecho.
Qué alivio.
Mateo seguía vivo.
Lo sabía. Sabía que no le iba a pasar nada. Sabía que, con su propia capacidad, lograría escapar de ese infierno que se come a la gente.
Jeison se rio con maldad. Me miró y dijo:
—¿Adivinas cómo se va a encargar de él el señor Pedro? Ay... hasta yo tengo ganas de ver su final.
No le presté atención.
Qué Pedro ni qué nada.
Lo único que sabía era que Mateo se había atrevido a meterse en un infierno que se comía