El hombre continuó:
—Si calculamos el tiempo, hace ya cuatro horas que se la entregaron al invitado distinguido.
—Cuatro horas... —Guillermo se rio un segundo—. Me temo que para entonces ya la habrán torturado hasta no dejar ni los huesos.
—¡Cierra la boca! —Mateo apretó la mandíbula y le gritó, furioso. Su expresión sanguinaria y feroz parecía capaz de arrasar el cielo y la tierra.
Guillermo tampoco era alguien fácil de provocar. De por sí era brutal y, además, en su propio territorio alguien s