Sorprendido, Juan preguntó de inmediato:
—¿Qué hacías allí? ¡Ese lugar es peligrosísimo! ¿Descubriste algo?
Mateo no alcanzó a responder, solo se quitó la ropa rápido. La sangre del brazo ya le había bajado hasta la palma de la mano. Cuando Juan vio que todo el brazo estaba empapado de sangre, abrió los ojos, aterrado:
—Tú... ¿estás herido? ¡Y bastante! Hay que llamar a un médico ya mismo. Recuerdo que... recuerdo que aquí hay médicos, sí, hay médicos. Mateo, voy a buscar uno ahora mismo.
—No ha