De repente, desde afuera se escuchó el grito impaciente de uno de los secuestradores:
—¿Qué pasa ahora? ¿Tienes ganas de morirte o qué?
—Pe... perdón, yo... yo necesito ir al baño... —dije rápido, fingiendo estar asustada.
El secuestrador escupió al piso y empezó a decir groserías mientras se acercaba.
Respiré profundo.
Menos mal no lo interrumpí cuando estaba furioso; si no, seguro me daba una paliza.
Me arrastré rápido hasta la puerta y, nerviosa, les apreté fuerte las manos a los niños.
Enseg