—Si a Aurora le pasa algo, no me lo voy a perdonar nunca en la vida —dijo Alan con la voz llena de arrepentimiento.
—No es culpa tuya —respondió Mateo con voz apagada—. Fue culpa mía. En ese momento estaba hablando con un cliente y tenía el celular en silencio; si no, doña Godines me habría podido avisar a tiempo de lo que estaba pasando en casa. En el fondo, la culpa es solo mía, de nadie más.
Alan se tapó la cara con dolor. Al final, de repente, le dio un golpe fuerte a la puerta del auto y ha