—No va a ser así...
—¡Cállate! —el guardaespaldas me volvió a gruñir y se burló con crueldad—. Ustedes los ricos son los que menos cumplen su palabra. Nuestro jefe cayó justamente por creerse las mentiras de un rehén y acabó muerto, sin que quedara nada de su cuerpo. Desde entonces juramos que jamás, jamás íbamos a volver a creer ni una sola palabra de un rehén, así que di una palabra más y vas a ver si no te arranco la lengua.
Bajé la mirada y ya no me atreví a decir nada.
Gente como ellos, cri